La sabiduría de los Indios Sioux transmitida de generación en generación dice que cuando descubres que estás montando un caballo muerto la mejor estrategia es desmontar.
Por contra en la economía y política moderna suelen aplicarse otras estrategias en lo concerniente a caballos muertos, así pues, se empieza negando por activa y por pasiva que el caballo esté realmente muerto y en su lugar se utilizan términos como “caballo desacelerado” o se dice que está dando unos pasos atrás para tomar impulso.
Cuando queda patente que negar la evidencia no soluciona el problema se empiezan a tomar medidas. La primera es crear un comité para estudiar al caballo. Esta media en sí misma produce el mismo resultado que las anteriores si bien sirve para ganar un poco de tiempo. Lo habitual es que el comité concluya que un par de medidas sencillas tales como comprar un látigo nuevo o cambiar de jinetes resolverán la situación.
En las democracias occidentales modernas el látigo o los jinetes pueden venir impuestos desde fuera, aunque en países más civilizados el propio pueblo cambia a sus jinetes por otros por más que los nuevos tampoco tengan idea alguna sobre cómo solucionar el problema. Incluso se les permite escudarse en afirmaciones tales como “hasta que no veamos al caballo por dentro no sabremos lo que hay que hacer para resucitarlo” y se le toleran falacias como “no meteremos el látigo en el bienestar” cuando es obvio que el látigo, en cualquier caso, siempre será más duro que el anterior.
Preparados ya para la toma de medidas contundentes empezando por atar juntos a varios caballos muertos para aumentar su velocidad, y continuando con proporcionar alfalfa adicional, del orden del miles de millones si hace falta, para realimentar el caballo de modo que así restablezca la confianza e incremente su rendimiento e, incluso, pueda volver a crecer. Por supuesto, la alfalfa que se da al caballo muerto se le quita a otros caballos vivos aunque ello impida su crecimiento e, incluso, dificulte que sigan corriendo.
Repítase este ciclo cuantas veces se quiera y combínese con más látigo, aportando pequeñas variaciones para que parezca algo distinto, traígase la alfalfa desde el banco central de alfalfa, aválese desde el interior o muévase desde distintos fondos “alfalferos” para dar la impresión de estar haciendo otra cosa. Inspírese en los grandes jinetes, como Don Mariano y sus nuevos 50.000 millones de alfalfa para los caballos muertos de sus amigos o metiendo el látigo en 10.000 millones al caballo vivo de la Sanidad, con un gesto, no ya imprevisto y contradictorio con su campaña electoral sino con sus propios presupuestos generales presentados pocos días antes y que no incluían referencia alguna a ello.
Incorpórese aquí toda la demagogia posible, pues tras varias vueltas se irá haciendo más y más necesaria. Proclame que los jinetes que se bajan de los caballos muertos son vagos, ineptos o faltos de ambición. Sea contundente también con quienes ponen en duda que el caballo esté vivo y merezca toda la alfalfa. Aplique especial dureza con quienes se atrevan a apuntar que cuando el caballo estuvo vivo no compartió su alfalfa. Será de gran efecto utilizar decir que lo último que necesita nuestro caballo es que dejemos de montarlo y que sería una grave irresponsabilidad bajarse de él aunque sea sólo por un día. Por supuesto, todas estas soluciones no producirán ningún efecto en la “vida” del caballo, pero eso es indiferente.
Es una pena que el Gran Toro Sentado no lo esté en el sillón del Ministro de Economía pues ya haría cuatro años que hubiese desmontado el caballo muerto. Con nuestros jinetes, muy al contrario, vamos encaminados a otra solución, también definitiva, consistente en matar al resto de caballos vivos para que el muerto no desmerezca ante ellos.
Nota: inspirado en las muchas historias sobre montar a caballos muertos que pueden encontrarse por Internet