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Por amor al ARTE

Es un hecho que la incesante caída de las ventas en el sector de la música grabada durante los últimos años ha forzado a los artistas y bandas a lanzarse a la carretera de forma más intensiva que en la época en la que era mucho más sencillo vivir de las rentas del trabajo de estudio.

De alguna manera, existía un sentimiento de que esto suponía algún tipo de “justicia social” según el cual los integrantes de este gremio debían dejar la vida contemplativa y la juerga permanente para “currar un poco”. Para ser justos, hay que reconocer que la oferta musical en vivo ha mejorado muchísimo en los últimos años con lo cual, asumiendo que a los artistas lo que les motiva es actuar, esta nueva situación suponía una simbiosis en la que ambas partes salían beneficiadas.

Sin embargo, aún nos quedaba una espinita clavada por cierta indignación provocada por aquello del canon digital que obligaba a todos a pasar indirectamente por caja al adquirir cualquier soporte susceptible de contener o reproducir música a pesar de no ser seguidor ni escuchar nunca la música de ciertos artistas. Pensábamos, no obstante, que ésta era la única injusticia y subvención persistente en un sector que por una parte se aferra a sus viejos modelos y por otra se abría a su público.

¡Qué equivocados estábamos! La realidad es que la línea de negocio de la música en vivo en España ha sobrevivido principalmente gracias a nuestros impuestos que subvencionan de forma, quizá, mas injusta incluso de lo que lo hace el canon para la música grabada pues son los Ayuntamientos quienes con sus fiestas patronales mueven el mayor volumen de contratación de bandas nacionales y, en la mayoría de los casos, las decisiones de contratación son guiadas por los simples intereses musicales del concejal de festejos de turno o sus familia o allegados, pagando lo que fuese necesario, con tal que su hijita consiguiera una foto y un ratito en el camerino con sus ídolos.

Para no ser menos, el sector de la música en vivo ha vivido una época dorada simultáneamente a la burbuja inmobiliaria,  alimentado por ella, con cachés millonarios abonados, frecuentemente, directamente por algún promotor inmobiliario para dejar menos huella en los presupuestos municipales así como enmascarar otra serie de chanchullos y fraudes diversos. Algo que, por cierto, los artistas añoran pues los constructores en aquella época eran buenos pagadores.

Lamentablemente, todo llega a su fin, y la paupérrima situación financiera de las Administraciones locales ha dado al traste con este modelo dejándoles un pufo cifrado, según la Asociación de Representantes Técnicos del Espectáculo (ARTE), en más de 75 millones de euros además de que ARTE calcula que durante 2008 y 2011 ha desaparecido el 80% del negocio, aunque no sólo por disminución del número de espectáculos sino también por rebajas considerables de cachés.

Lo que es peor (para ellos), no parece que la cosa vaya a remontar en un futuro próximo pues ARTE espera un 2012 devastador. Parece que en no mucho tiempo quien quiera dedicarse a la música deberá hacerlo por puro amor al ARTE.